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Desenterrado | El plácido pasado de “la ciudad más violenta del mundo”

Un reportaje que nos lleva a dragar al pasado remoto de esta frontera, cuando era un mar somero, de aguas cálidas, rico en bio-productividad, muy lejos de lo que se ha convertido este terruño hoy en día, sitiado por la violencia extrema y el abandono oficial.

Por Gustavo Cabullo Madrid, Aracely Lazcano y Juan Antonio Castillo

Entrevistas, cámara y edición: Gustavo Cabullo Madrid / Fotografía: Juan A. Castillo

CIUDAD JUÁREZ, CHIH., MX. / AGOSTO, 2023 (servisible.mx). – 

El trabajo de un criminólogo en una ciudad como Juárez es, por definición y desgracia, agotador. Desde principios de los años noventa, Oscar Máynez ha estado involucrado en esta tarea. Como director de los Servicios Periciales y Ciencias Forenses de la Procuraduría del Estado de Chihuahua, ha trabajado en diversas áreas, incluyendo la investigación de campo.

En este lugar, los crímenes han sido tantos y tan constantes que ya no se conocen como casos aislados ni por el nombre de sus víctimas o victimarios. En esta frontera del norte, la violencia se recuerda por períodos con patrones criminales nefastos: “Las muertas de Juárez” (1993-), “Las y los desaparecidos de Juárez” (2008-) y la denominada Guerra contra el narcotráfico, una cruzada emprendida por el gobierno de Felipe Calderón, que ha causado cientos de miles de muertes, caos y destrucción en todo México, con una alta incidencia en esta comunidad. En agosto de 2009, Ciudad Juárez obtuvo el deshonroso título de “La ciudad más violenta del mundo” por parte del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública (CCSP), una organización sin fines de lucro.

“Ciudad Juárez es un desierto, pero también es un mar, porque cuando los criminales se deshacen de sus víctimas y las arrojan allí, no necesitan enterrarlas, ya que ‘el mar del desierto’ las consume inmediatamente”, cuenta Máynez, testigo directo de la violencia en la ciudad fronteriza mexicana. “El clima y los animales salvajes descomponen y hacen desaparecer los cuerpos”.

Como “rastreador de la violencia”, Máynez relata cómo, en ocasiones, al examinar los restos óseos abandonados en el desierto por el crimen organizado, ha encontrado fósiles que no corresponden a restos humanos. Estos son vestigios de un pasado geológico que silenciosamente narran la historia de un mar de aguas cálidas, someras y ricas en biodiversidad.

Este otro paisaje marino apenas guarda relación con la actividad criminal de Ciudad Juárez, que al momento de escribir estas líneas ha cobrado nuevas víctimas. Un comando armado irrumpió en el Centro de Readaptación Social para Adultos, ejecutando a diez custodios y siete reclusos para liberar a un líder criminal.

El pasado remoto, los restos geológicos, han sido un pretexto para nosotros como reporteros que muchas veces cubrimos el día a día de la violencia, para imaginar una realidad distinta en la cual el miedo sea relegado por la curiosidad y el conocimiento. No es un capricho, es una apuesta por mirar de manera diferente y buscar a los protagonistas de otras historias que suceden aquí, a pesar de los conflictos.

Este es un viaje al pasado que decidimos emprender en busca de una mínima certeza que nos recuerde que el mundo no siempre ha sido así.

VIOLENCIA PRODUCTO DE LA VIOLENCIA

La violencia en Juárez es herencia de otra violencia. En 1846, cuando la injusta y desproporcionada invasión militar de Estados Unidos a México despojó al país de la mitad de su territorio, Juárez se convirtió en el paso más importante entre las dos convulsas naciones. Nolberto Acosta Varela, profesor e investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), destaca que, al igual que Tijuana, esta región presenció el desarrollo de una industria turística asociada con la diversión, el despilfarro y la vida nocturna. “Se construyeron hipódromos, se organizaron peleas de perros y se abrieron centros nocturnos que adquirieron gran relevancia entre la comunidad extranjera”.

Posteriormente llegó otro momento importante: la Ley Seca. La prohibición de venta de alcohol en los Estados Unidos hizo que las zonas fronterizas del norte de México cubrieran esa necesidad. “La alta demanda y escasez propiciaron la construcción de fábricas de whiskey y otras bebidas alcohólicas, que a su vez impulsaron el auge en las apuestas y la diversión, situación que contribuyó al crecimiento de la frontera y, como consecuencia, a la violencia”, explica Acosta Varela.

Sin embargo, el investigador, Dr. Alfredo Limas, indicó que  quizás uno de los factores que contribuyó a generar un caldo de cultivo idóneo para el conflicto social fue el desarrollo de la industria maquiladora. Esta actividad atrajo a millones de personas a una realidad caracterizada por la desigualdad económica y la explotación. Así se consolidó una cultura de impunidad y dio lugar a células del crimen organizado para traficar drogas y personas hacia los Estados Unidos a partir de la década de 1980.

En este contexto, llegó el año 2009 para dejar una huella imborrable en la piel de los juarenses. La violencia se desató como nunca antes en esta frontera desértica, por donde cruzan miles de personas diariamente ya sea de forma legal o ilegal en busca de un pedacito del “sueño americano”. En solo nueve meses, del 1 de enero al 20 de agosto, se contabilizaron 130 homicidios por cada 100 mil habitantes. Esta cifra superó fácilmente a Caracas, donde se registraron 96 homicidios y a Nueva Orleans con 95. Ciudades que pasaron a ocupar el segundo y tercer lugar del podio como las ciudades más violentas del planeta.

Una breve revisión de las cifras publicadas por la Agencia Estatal de Investigaciones de Chihuahua revela el escalofriante aumento exponencial de la violencia que vivió Juárez en pocos años: en 2007 se documentaron 301 homicidios; en 2008, 1,907; en 2009, 2,601 y en 2010, 2,589. Entre estos números destaca el desolador e indignante caso de los feminicidios que puso a Juárez en el mapa mundial: de 1993 a 2023 se han registrado más de 2,300 asesinatos de mujeres. Ellas son Las muertas de Juárez.

NIÑOS EN EL DESIERTO

En 1972, Camilo Robles Quiñonez era un niño que deambulaba entre los caseríos del desierto y jugaba con sus amigos en las parcelas, las lomas de arena y los mezquites. Camaleones, lagartijas, liebres y escarabajos eran sus compañeros en una vida pacífica en el poblado de San Agustín, en el Valle de Juárez, cerca del río Bravo, “donde las tortugas y alguna serpiente asomaban de vez en cuando”.

En el centro de este mundo infantil una presencia quedó grabada en la memoria de Camilo: “el profe Robles”, su maestro de primaria que, según cuenta, poseía un don especial para abrir los ojos de los niños respecto al mundo que les rodeaba.

Manuel Robles Flores, conocido como “el profe”, llegó por error a estas tierras, en 1959. Según relata Hernani Herrera, su sobrino: “mi tío se dirigía a San Ignacio, otro asentamiento ubicado a ocho kilómetros de distancia, para ocupar un puesto de maestro rural”. Al descender del autobús, sorprendido, exclamó: “¡Ah caray, dónde estoy!” Uno de los lugareños le dijo: “Pues aquí en San Agustín, profe. Usted iba más lejos, pero quédese aquí, también necesitamos maestros”.

Robles no solo fue el primer maestro en llegar a este rincón del mundo, sino que también fue posiblemente el primero en prestar atención al pasado remoto de la región. No concebía la educación sin motivar a los niños a observar, oler y tocar su entorno, convencido de que esa era la mejor manera de comprender lo que se narraba en los libros, recuerda Hernani.

Las expediciones que organizaba el maestro dieron como resultado que los niños regresaran con los bolsillos llenos de “piedritas” que resultaban ser testimonios de organismos oceánicos petrificados, evidencia de que en un pasado remoto la zona había sido un mar. “Recuerdo que el profe les echaba saliva para ver si eran fósiles o simples piedritas”, rememora Camilo quien enlista los hallazgos: fósiles marinos, amonitas, trilobites, plantas petrificadas y conchas.

Las actividades al aire libre continuaban después de las clases. “Era emocionante salir a caminar, buscar, encontrar y llevar al día siguiente los hallazgos a la escuela”, dice Camilo. Así fue como se formó una colección paleontológica que, con el tiempo, se volvió demasiado grande para caber en el salón de clases.

OTROS QUE TAMBIÉN BUSCAN… Y ENCUENTRAN

Héctor Hawley Morelos es otro intrépido explorador en el desierto, pero su búsqueda está impulsada por la investigación criminal. Como perito policial con 24 años de experiencia, su trabajo consiste en acudir a los lugares donde se ha cometido un delito, procesar esos sitios utilizando técnicas científicas de la criminalística y buscar pistas que le ayuden a determinar la mecánica del crimen. Estas evidencias serán fundamentales para los juicios.

Al igual que su colega Máynez, durante sus investigaciones como oficial de policía, Hawley Morelos se encuentra con “objetos o características peculiares en las rocas, en medio de la diversidad topográfica… cosas muy extrañas dentro de nuestro espectro de conocimiento”.

Sin pretenderlo, los expertos en criminología han ampliado su instinto sabueso hacia un vasto lecho paleontológico. Muchas búsquedas de cuerpos asesinados, incluso aquellas realizadas por ciudadanos que buscan familiares o amigos, abarcan hasta siete kilómetros  de minucioso escrutinio de la superficie del Valle de Juárez o Anapra, por lo que no sorprende que los buscadores hallen a su paso evidencias paleontológicas que narran la historia de un territorio que fue hogar de dinosaurios, un antiguo fondo marino e incluso sede de bosques que hoy están petrificados, según cuenta el Dr. Jesús Alvarado Ortega, investigador del Departamento de Paleontología del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Alvarado pinta un paisaje cautivador para la imaginación de quienes lo escuchan ya que afirma que antes de la formación de los océanos como los conocemos actualmente, en esta región fronteriza coexistieron faunas que habitaban en el Mar Interior de Norteamérica y en el Mar de Tetis. 

“Son estos vestigios fósiles que se extienden desde la frontera de Canadá hasta el extremo sur de México, en Chiapas, los que han contribuido a la riqueza de fósiles marinos en los diferentes estados”.

Los paleontólogos se refieren a la “enfermedad de la piedra” como la compulsión de búsqueda de registros paleontológicos que invade a quien encuentra un fósil. Este mal podría haber afectado a  Hawley Morelos, quien confiesa que los negativos de conchas, insectos y algas petrificadas lo han convertido en un coleccionista asiduo de “piedritas” a tal grado que fantasea frecuentemente con la posibilidad de algún día encontrar un pez impresionado en una roca.

PASO PREHISTÓRICO

En el constante flujo humano desde Ciudad Juárez hacia los Estados Unidos, determinar el número exacto de migrantes se convierte en un enigma. Factores como las cambiantes políticas migratorias de Estados Unidos, las condiciones climáticas y eventos de gran envergadura como la reciente pandemia, propician fluctuaciones en las cifras. Aun así, un informe actual del gobierno estadounidense revela la magnitud de la migración: en junio de 2023, 38,000 migrantes fueron procesados en los cruces internacionales, mientras cerca de 35,000 personas aguardaban en tránsito en Ciudad Juárez, anhelando resolver su precaria situación.

Pero la migración no solo es notable por su escala, sino también por sus tragedias. El 27 de marzo de 2023, en un desesperado reclamo por un trato digno, un migrante provocó un incendio en un centro de internamiento del Instituto Nacional de Migración, resultando en la muerte de al menos 40 personas. Las víctimas, atrapadas bajo llave, no pudieron escapar. Este suceso, causante de indignación internacional, plantea preguntas sobre el trato de los migrantes por parte de las autoridades mexicanas y evidencia las diversas formas de violencia que padecen estos individuos, desde extorsión y secuestro hasta trata de personas y homicidio.

En un mundo dominado por el capitalismo, la migración a menudo se percibe como multitudes humanas invadiendo economías más prósperas. Pero el fenómeno migratorio, como el que se observa en el Valle de Juárez, es realmente un reflejo de una constante en la historia humana. Desde nuestros primeros antepasados que se aventuraron fuera de África, la humanidad ha estado en movimiento, buscando condiciones más propicias para vivir. Este impulso sigue siendo un componente fundamental de nuestra evolución y adaptación continua.

La división actual de la frontera está marcada por el Río Grande o Río Bravo (Según si es nombrado por los estadunidenses o por lo mexicanos, en ese orden.) que se extiende más de tres mil kilómetros desde las montañas San Juan en el sur de Colorado hasta el Golfo de México en Brownsville, Texas. Su formación se remonta a hace 65 millones de años. A pesar de la división que el río representa, “hace miles de años unió comunidades”, dice el historiador Daniel Carey-Whalen, que esta a cargo del Museo Centennial en El Paso, Texas, quien reafirma que fue el flujo de agua lo que atrajo a la gente porque facilita la formación de asentamientos que pueden subsistir de la agricultura que florece por la riqueza mineral de los suelos. “Sin el río, la gente no habría elegido vivir en el área”, remata.

LA CUEVA DEL PENDEJO

Entre las muchas evidencias halladas en la región se identifican los rastros dejados por grupos de paleoindios que seguían las manadas de animales, según cuenta Lizzette Domínguez, arqueóloga que estudia terrenos en el suroeste de Texas y Nuevo México para su posible desarrollo. A través de exploraciones meticulosas, Domínguez y su equipo han descubierto numerosos sitios de valor arqueológico y paleontológico que atestiguan la presencia humana desde la era pre-Clovis, hace más de once mil años.

Los restos descubiertos durante estas exploraciones, que abarcan desde herramientas y materiales culturales hasta huesos y restos de vestimenta, proporcionan un retrato detallado de los primeros pobladores del continente americano. Las diferencias en las técnicas de pintura, en las formas y los acabados de las vasijas de barro y canastas, muestran las prácticas culturales de estas comunidades ancestrales. Gracias a estos artefactos, se ha logrado identificar la existencia de una antigua ruta comercial que unía los pueblos desde Santa Fe, Nuevo México, hasta la Ciudad de México.

Uno de los hallazgos más significativos en la zona sucedió en 1978.   Se trata de la llamada Cueva del Pendejo en Oro Grande, Nuevo México, un lugar de importancia histórica donde se han descubierto herramientas, huesos, cabello humano y fragmentos de piel de diferentes épocas, tanto anteriores como posteriores al periodo Clovis y que daría pie a la primera expedición arqueológica encabezada en 1990 por el Dr. Richard S. McNeish.

Estos hallazgos subrayan la movilidad y el intercambio entre estas comunidades a pesar de las grandes distancias, así como sus avances tecnológicos en la fabricación de herramientas y puntas de caza. Las pruebas de radiocarbono realizadas en este lugar sugieren fechas que oscilan entre los 12,000 y los 25,000 años, reafirmando el papel central de la región en la larga travesía de la humanidad.

Sin embargo, incluso este notable hallazgo palidece en comparación con un descubrimiento que podría, literalmente, reescribir la historia de la humanidad en América.

UNA GRAN FAMILIA

En las orillas de lo que en otro tiempo era un lago poco profundo, se plasmó uno de los testimonios más bellos y significativos para la historia del ser humano en América. Estas marcas ancestrales pertenecen a algunos de los primeros humanos que caminaron por Norteamérica, cuyas huellas quedaron impresas —como si se hubiera podido congelar sus pasos— en el lodo blando que bordeaba este antiguo cuerpo de agua, hoy parte del salar Alkali Flat en White Sands, Nuevo México, un extenso campo de dunas de arena blanca compuesto por cristales de yeso ubicado a 125 kilómetros al norte de Ciudad Juárez.

El descubrimiento de múltiples capas de huellas humanas mayormente de adolescentes y niños intercaladas con capas de semillas, huellas de mamuts y perezosos gigantes fue liderado por David Bustos, gerente del Programa de Recursos del parque. Aunque Bustos ya había encontrado indicios de mamuts colombinos en el área, fue un investigador del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA quien, en el verano de 2019, propició el hallazgo mientras realizaba comparaciones entre las dunas de Marte y la antigua cuenca del Lago Otero.

Mientras el científico de la NASA realizaba su investigación, Bustos inspeccionó el área y descubrió un entramado de huellas de humanos y megafauna. Según él, al menos once capas geológicas diferentes en el parque presentan huellas fosilizadas.

Con el paso del tiempo, Bustos adquirió habilidades para identificar estas huellas fósiles. Análisis de radiocarbono, llevados a cabo por expertos del Laboratorio de Servicios Geológicos de Estados Unidos (USGS) y basados en semillas de un abundante pasto acuático de la zona llamado Ruppia cirrhosa, fecharon estas huellas entre 23.000 y 20.000 años atrás.

La diversidad de las muestras y la frecuencia con la que se observan estas fechas, indican que White Sands es un registro significativamente más antiguo que otros sitios conocidos, redefiniendo las estimaciones de cuándo los humanos llegaron a América del Norte al menos 10,000 años antes de lo previamente estimado.

“Esto demuestra que las personas y la megafauna convivieron aquí durante mucho tiempo”, dice Bustos. Además, agrega que “tenemos algunos lugares donde hay huellas de camellos, mamuts, y humanos en el mismo lugar, pero separadas por varios metros de capas geológicas”, explicando la complejidad de la interacción ecológica que se desarrolló durante miles de años.  En un tramo de un kilómetro y medio, las huellas de las diferentes especies se entrecruzan y narran la historia detallada de lo que sucedió al final de la Edad de Hielo.

“Lo emocionante es que no solo son animales adultos, sino también jóvenes e infantes, al igual que humanos de todas las edades’, relata Bustos. ‘Todos interactuando como una gran familia”, visualiza el investigador.

HUELLAS

En el vasto y silencioso desierto del Valle de Juárez, en pleno siglo XXI hombres y mujeres persiguen diferentes destinos y transitan por polvosos caminos. Un ejemplo es el de Jorge Delgado Hernández, agente del Ministerio Público con 12 años de experiencia en la investigación de feminicidios. Al igual que su colega Maynez, su trabajo está inmerso en el contexto criminal, pero confiesa que a menudo se encuentra con restos prehistóricos, que son reportados al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Delgado Hernández relata cómo frecuentemente participa en expediciones de búsqueda, que a veces incluyen peritos, ciudadanos, antropólogos y fiscales. Estos viajes pueden durar hasta tres horas y contar con hasta 40 personas a bordo de convoyes, llegando a lugares “donde hace años que un humano no pisaba, por la peligrosidad y lo agreste del terreno. Aquí encontramos de todo; hombres, mujeres, migrantes, a veces incluso casquillos”, dice el funcionario.

Recuerda que, en cierta ocasión, una de las acciones que implementó junto al doctor Hawley fue recoger objetos que llamaran su atención, como elementos brillantes, piedras entre las paredes de los arroyos o canales y helechos fosilizados. Sin embargo, debido a la presencia frecuente de animales muertos, como vacas, es difícil determinar si corresponden a alguna especie prehistórica.

“En el valle, la gente siempre dice: ‘donde quiera que vayas, encontrarás un hueso así’”, destaca Delgado Hernández. “Por ejemplo, durante los rastreos a veces pensamos que son chicas que desaparecieron en 2008, 2010 o incluso antes, pero los pobladores siempre aseguran que ‘aquí siempre encontrarás huesos’ sin importar el año. Lo único que queda por determinar es la antigüedad de los mismos”.

A pesar de lo trágico de la situación y de la triste realidad actual que muchos de los hallazgos óseos revelan en el Valle, lo cierto es que estamos ante la evidencia de una más de las páginas geológicas de este gran libro cuya historia comenzó a contarse hace millones de años.



FLOR EN EL DESIERTO

El Valle de Juárez, una región marcada por el dolor y la injusticia de episodios violentos, alberga también una comunidad resiliente, fortalecida por las enseñanzas de Manuel Robles. El humilde maestro rural que llegó casualmente al valle y quien falleció hace tres años, realizó una importante labor en la protección y preservación de tesoros históricos. En 1982, con la construcción de una nueva escuela, el antiguo edificio se convirtió en custodio de fósiles recuperados, dando lugar al Museo Regional del Valle de Juárez, el primero en la frontera en poseer una vasta colección de la era Paleozoica y un testimonio del legado de conocimiento sembrado por Robles.
Sus alumnos reconocen que “El Profe” dejó un legado de esperanza por su capacidad de redireccionar a los jóvenes en un contexto de violencia hacia un camino de respeto y redescubrimiento de su región. Guadalupe, Camilo y Francisca, que alguna vez fueron partícipes de una comunidad sitiada por la Guerra contra el narcotráfico, celebran hoy su transformación en ciudadanos comprometidos con su entorno. “Si el Profe todavía estuviera, todavía hiciera”, subraya Francisca pensando en lo mucho que aportó el docente.
Una narrativa similar es la de Alejandra Isela Maese, arqueóloga juarense, cuyo interés por la historia natural fue cultivado desde la infancia. Alejandra acredita a la curiosidad como su brújula para el aprendizaje y la evasión de los peligros de la región.
Por su labor incesante, Robles fue apodado “El Guardián”. A través de la educación y la promoción del amor por el aprendizaje y la naturaleza, demostró que la curiosidad y el deseo de conocimiento pueden ser agentes transformadores, incluso en adversidad.
Como una flor en el desierto, el legado de Robles es un recordatorio de la resiliencia humana y la búsqueda continua de un futuro mejor.

Este proyecto de Historias Sin Fronteras y Ser Visible, fue desarrollado con el apoyo del Departamento de Educación Científica del Instituto Médico Howard Hughes e InquireFirst. Aquí puedes ver su publicación en formato multimedia.