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Samantha Flores; Maravillas de la diversidad sexual

Samantha Flores, una mujer transgénero que ha experimentado todos los cambios que ha vivido la comunidad LGBT+, a lo largo de casi 90 años. En 2019 visitó Ciudad Juarez para promover la Casa de Día del Adulto Mayor que inauguró en Chihuahua capital, una extensión de la que dirige en la CDMX.
Entrevista, cámara y edición: Gustavo Cabullo Madrid

CIUDAD JUÁREZ, CHIH., MX. / JUNIO, 2020 (servible.mx). – 

Su nombre de pila: Vicente Aurelio Flores García, hoy es legalmente Samantha Aurelia Vicenta Flores García. Nació en Orizaba Veracruz, en 1932, tiene 87 años.

Vicente era el nombre de su padre y Aurelio de su abuelo.

“Tuve un padre maravilloso y un abuelo maravilloso. Estoy muy orgullosa de llevar sus nombres”, dice esta mujer transgénero posterior a su arribo a Ciudad Juárez, procedente de la Ciudad de México (CDMX), donde actualmente radica.

El motivo que la trae a esta frontera es promover la Casa de Día del Adulto Mayor LGBT+ que recién inauguró en Chihuahua capital, una extensión de la que dirige en la CDMX.

Pero su visita no puede pasar desapercibida, por lo que servisible.mx se dio a la tarea de conocer más allá de una mujer trans que ha presenciado los momentos más trascendentales de la defensa por los derechos de la comunidad LGBT+, en todo el orbe nacional.

La cita es durante el mediodía, en la sede de la Comisión Estatal de Derechos Humanos.

“Yo descubrí mi preferencia sexual hasta que entré a la secundaria. Todo el kínder y la primaria viví maravillosamente bien en mi casa, con mis papás, mis hermanos, sin ningún problema, hasta que entré a la secundaria”. 

Con este antecedente abre el diálogo con este escribano.

La vida en la secundaria, rememora, transcurrió normal. Confiesa que era un estudiante regular, pero sin problemas, porque logró pasar los tres años y dos de bachillerato.

Muchas personas trans dicen que tuvieron una vida difícil “por estar atrapado en el cuerpo de otra persona”. Pero el caso de Samantha es “fuera de serie”, como ella misma lo matiza. “Es la maravilla de la diversidad sexual”.

“Yo jamás soñé que iba ser Samantha Flores, nunca me imaginé que yo dijera ‘estoy en un cuerpo prestado o en un cuerpo que no es el mío’ o que renegara de mi sexo, eso nunca. Yo acepté mi condición gay. Claro, no tan fácilmente”.

¿Sufrió usted bullying, acoso infantil? 

“Soy una persona que nació con suerte. En la primaria nunca oí de nada”, a pesar de que en repetidas ocasiones suelta aquello de “era yo súper maricona”.

“Imagínate, ahora tengo 87 años y cuando yo pregunto me calculan 70, 72, cuando yo estaba en primaria, de nueve o 10 años, me veía yo de siete. Era yo un pequeñito”.

Era juguetón y extrovertido, por lo que siempre le asignaban alguna participación los festivales del Día de las Madres, para recitar un poema o en cualquier otro evento público.

“Ahí viene ya el Día de las madres, ¿quién va a recitar? Y decían: Flores”.

“Así es que no tenía yo problemas, mi mamá me apoyaba para hacerme los trajes para que saliera yo en mis presentaciones”.

Cuando pasó a primero de secundaria, durante el acto cívico de Saludo a la bandera, empezó a observar que, entre los hombres, jugando, se manoseaban, tocándose sus partes íntimas.

Lo mismo presenció en el taller de madera, donde también veía tocamientos entre los escolapios varones. 

Cuenta que la escuela era un convento acondicionado como escuela, con un patio grande, hasta el fondo.

“Y en ese patio me quedé yo fría porque vi que tres o cuatro chavos jugaban carreras a ver quién terminaba más rápido y quien iba más lejos. Yo vi eso y me quedé fría, jamás volví a ese traspatio”.

Escenas como esta le sorprendieron, pero también le hicieron comprender que el sexo es parte de la naturaleza humana.

“Pero ahí viene mi buena suerte”, agrega. “Hasta ahora no sé realmente cuál fue el motivo. Un día, un muchacho la detuvo.

  • Oye tú eres muy amigo de Norma Borgar, ¿no?’.
  • Sí es mi compañera. 
  • Yo quiero conocerla porque me gusta mucho. 
  • Pues háblale, aunque ella ya tiene novio. 

“Inclusive su novio vivía en la esquina de mi casa”.

Pero aquel chico empezó a interesarse más por Vicente Aurelio, hasta hacerse su amigo.

El joven practicaba fisicoculturismo, especializado en barras y argollas. 

“Era tan bueno… tan bueno, que fue a las Olimpiadas de Helsinki (1952). Así que, ya te podrás imaginar, para los chamacos era un ídolo, que fuera tan notorio, el cuerpazo, atlético…”. 

En segundo de secundaria se hicieron novios y en tercero él le propuso matrimonio, algo simbólico.

“Esto pasó porque yo no quería tener sexo con él. Yo le decía que para eso habría que casarnos”. 

Así que, con el tiempo, un día fueron a la iglesia del barrio a sellar su amor.

“Imagínate en qué época, por favor, en los cuarentas del siglo pasado. Nos citamos frente al Sagrado Corazón de Jesús y él me dijo: vamos a jurarnos aquí ante Dios que cuando tú crezcas y te cases, tus hijos van a ser mis hijos y cuando yo me case y tenga mis hijos mis hijos van a ser tus hijos porque vamos a estar juntos toda la vida. Fíjate, qué promesa de amor eterno”.

Ella tenía 14 años, él 19.

A decir de la entrevistada, vivieron un romance precioso, sinigual.

Esta historia la platica Samantha para dar cuenta de cómo logró escabullirse del bullying.

“Porque tenía a un atleta enamorado a mi lado, protegiéndome”.

En estos tres años de secundaria, refrendó su diferencia ante los demás.

“Cuando yo descubrí que era Gay, dije ‘mi mundo se acabó’, pero en ese mismo momento pensé: no me voy a dejar vencer, yo no voy a perder, yo voy a luchar”.

El amor florecía, hasta que un día, dice “mi mamá nos pescó besándonos”. Terminó de tajo el romance.

En primer grado de preparatoria se dio el lujo de escoger al galán, un adolescente de clase alta, guapo, popular; sus padres pertenecían al Club de Leones, mientras que los progenitores de Vicente Flores eran obreros.

Tuvo la suerte de que aquel chico lo aceptara como amigo.

“Me di cuenta de que yo tenía que buscar armas contra el bullying, porque era yo muy maricona, maricona, maricona…, súper amanerada y afeminada”. 

Otra salida al acoso era organizar tardeadas los viernes en su casa. Todos querían ir. 

Samantha Flores abre un paréntesis a su relato. “Yo creo por eso me volví publirrelacionista”.

Pero pronto llegó la decepción amorosa y quiso volverse “buga” (heterosexual).

Aunque con ello tiraba a saco roto que su primer amor le había hecho ver la vida de forma distinta, sin discriminación o bullying. 

Se remite a esa primera experiencia.

“David me abrió a la vida, al amor, al romance. Me enseñó a besar. Fue una experiencia muy linda mi comienzo como gay, porque tuve un romance precioso… y el sexo no tan bueno realmente (lo dice con cierto gesto de repulsión), un poco doloroso, pero, como estaba enamorada, era maravilloso”.

Y, curiosamente, señala, ahí comenzó lo que hasta la fecha nunca ha entendido.

“Mi padre era obrero de la cervecería Moctezuma, allá en Orizaba, donde hacen la cerveza Sol, Dos Equis, Superior, Noche Buena y comenzó desde abajo mi papá, desde cargador, así que no tenía mucha educación, menos cultura, pero le gustaba leer. Mis hermanos y yo aprendimos a leer por él y, si yo era un niño de 13 años y David, mi primer amor tenía 19 años, imagínate qué diferencia, ¿no?, y además viéndome más joven de lo que realmente era, mi papá aceptó muy bien la amistad”.

David iba todos los días a su casa, platicaban, hasta que su madre, repite, los descubrió besándose, porque aprovechaban el momento en el que todos se iban a dormir, mientras que ellos se quedaban platicando en la sala.

“Pero cuál platicar, él se me echaba encima a la besuquiza y así fue como mi mamá nos pescó, pero fue un comienzo precioso porque no sufrí bullying”.

Sólo tufos o intentos. Prueba de ello, en el último grado de preparatoria, cuando lo llamaban a que resolviera algún problema en el pizarrón, mientras caminaba por el pasillo le chiflaban y lanzaban piropos a manera de broma. 

“Ya no tenía yo la protección del hombre (ríe), pero era en determinadas clases y maestro y como no era yo tan buen alumno, no pasaba seguido”. 

Al terminar la preparatoria decidió salir de Orizaba

“Mugroso pueblo horrendo y la gente todavía, yo lo que quería era salirme de ahí y entonces me vine a la Ciudad de México a estudiar”.

¿Por qué se expresa así de su lugar de origen?

“Horrendo, era horrendo, espantoso, horrible y la gente también”, repite. “Hay un río que cruza la ciudad y había un dicho que decía que el clima era maravilloso, la gente encantadora y no sé qué cosa… pero la misma gente lo cambió a clima de la chingada, un río de cagada… algo así. Somos veracruzanos, imagínate el lenguaje (ríe)”.

Pero hoy rectifica, “ahora es un Pueblo Mágico, bellísimo, es una ciudad preciosa, linda, limpia, ya no está llena de hoyancos y sus calles llenas de polvo, nada de eso. El río lo arreglaron precioso, con jardines, un zoológico todo a lo largo del río, la ciudad está de veras muy bonita, hay muchos puentes, pero a mi me tocó horrible”.

Muy tarde llegó Samantha Flores, a los 34 años, “por puritita casualidad” 

Un incidente de carnaval la motivó a ataviarse de mujer. 

“Hubo una gente que hizo una fiesta y se coronó reina de no sé qué cosa, entonces nos invitó como embajadoras. Éramos exactamente cuatro. Comenzamos a chacotear y a uno se le ocurrió: ‘vamos a vestirnos de mujer, ¿a ti te gustaría?’, me preguntó”. 

Platica que nunca lo había pensado. “Yo, de mujer, ni en sueños”.

Durante el “chacoteo”, uno de los presentes indagó que, si se vestían de mujer, cómo les gustaría llamarse. Una respondió que María, como su madre, otra Deborah, como su vecina.

“Cuando me preguntaron a mi y acababan de estrenar la película Alta Sociedad (High Society, Estados Unidos, 1956), de Frank Sinatra, Bing Crozby, Louis Armstrong y Grace Kelly, una película preciosa con música de Cole Porter, que era mi autor predilecto y ella se llamaba Tracy en la película, pero el marido le decía Samantha y le decía Sam y a mí el nombre se me hacía muy ambiguo de Sam-Samuel, Sam-Samantha y por supuesto Grace Kelly, así que escogí Samantha. Pero fue porque acababan de estrenar la película, no fue determinante que yo dijera: siempre he soñado con llamarme así. No. Jamás”.

Cuenta que la primera vez que se transvistió olvidó ponerse el sostén, por lo que rápidamente fue al baño, tomó algo de papel higiénico, lo enredó y se lo acomodó entre la blusa.

“No tenía yo la mínima intención”, repite. 

Pasó el tiempo, se olvidó y después empezó a ir a fiestas y entre sus amigos y ella se ponían de acuerdo para vestirse de mujer.

“Pero de broma, de fiesta, de pachanga, nunca que yo dijera: yo quiero ser mujer a como de lugar. No”. 

Y remata: “Es más, actualmente, en esta etapa de mi vida yo estoy consciente cien por ciento de que soy un hombre femenino, pero que mi cuerpo es de un hombre y busco un aspecto femenino porque eso me hace feliz, me hace sentir muy bien y todo. Mi médico dice de mi ‘Samantha es una mujer atrapada en un cuerpo de hombre’ y yo pienso que esa es la mejor descripción que puedo hacer yo también de mi misma”.

Al cuestionarle si ha estado interesada en practicarse una cirugía de reasignación de sexo, su respuesta es tajante: “jamás me la haría, yo estoy en contra totalmente de eso”.

¿Por qué? “Las operaciones actualmente son maravillosas, increíbles, hacen un sexo femenino increíble, pero en realidad se está uno capando, porque estás cortando tus genitales y dejas de funcionar. Cuando tu cuerpo, tus hormonas masculinas dejan de producirse porque pues ya no tienes aparato reproductivo, entonces te conviertes en una silla. Ya no vuelves a sentir absolutamente nada, ¿qué objeto tiene? La parte principal del ser humano es la reproducción y la parte más sensible, regia del ser humano, es el placer del sexo y eso lo pierdes ¿A cambio de…?”.

Se le cuestiona si se ha hormonizado, a lo que contesta incisiva que nunca.

“Lo único que le he hecho a mi cuerpo han sido los implantes (mamarios). De otra manera no he hecho absolutamente nada, ni pienso hacerlo”.

Considera que sería mutilar su cuerpo, lastimarlo, ir contra sí misma, atacarse.

“Sería el colmo, que yo sea la que ataco a mi maravilloso, precioso cuerpo”.

¿Qué les diría a las chicas trans que han y siguen modificando su cuerpo? “(ríe) Yo creo que nunca oirían lo que les digo, porque esa es la maravilla de la diversidad sexual, cada quien piensa. Yo no entiendo, pues mira cómo vengo vestida y así vengo todos los días, solamente si salgo en la noche, que me invitan a cenar a un lugar muy elegante, entonces salgo de zapatillas y vestido; a una fiesta muy linda. La ropa de noche, femenina me encanta, pero en el día no porque no es práctico, lo sería si tendría yo carro y chofer entonces sí salgo elegantísima, de modelo; me trepo a mi carro y entonces sí, que el chofer se haga cargo, pero me tengo que trepar al metro y al metrobús (ríe). No es tan fácil”.

Samantha Flores se jacta de que aún a su edad sigue siendo sexualmente activa.

“Ya no como cuando tenía cuarenta o cincuenta años, pero todavía sigo disfrutando de mi vida sexual”. 

Pero sin una pareja estable. “Porque a estas alturas del partido ya es… (hace un gesto de repulsión). Les digo a mis amigos que sí me gustaría un novioamigo, él en su casa, pero con la edad uno se vuelve más exigente porque de joven, con tal de que estuviera cuero, guapo, qué importaba el resto, ¿no?, aunque fuera un burro (ríe). Ahora no, ahora piensa uno que debe tener gustos determinados”.

Amante del cine, del teatro, la ópera, la sinfónica, la lectura “he sido una lectora voraz”. Por lo que, tendría que ser una pareja muy especial y eso lo considera actualmente muy difícil.

Y de nuevo, se remite al sexo. 

“Está comprobado científicamente que uno disfruta del sexo hasta que se muere. No importa la edad. Si tienes 95, 98 años, claro, no es como cuando tenías 18 años, pero uno sigue disfrutando totalmente. Y, fíjate… una chica que se opera pierde todo eso, qué increíble”.

Eventualmente, señala que ataviado de mujer se dio cuenta de que la actitud de los chicos empezaba a cambiar, porque salir con un hombre, exponiéndose a la sociedad, no era bien visto, de tal forma que preferían vivir su idilio entre cuatro paredes. 

“…Y te digo yo tan maricona, tan maricona, entonces me di cuenta que empezaba socialmente a cambiar mi situación. Ya obtenía yo respeto, distinción, porque yo estuve, desde ese momento que decidí ser Samantha Flores, hasta hace cuatro años en el clóset”.

Fue tan aceptada, que empezó a vivir su vida de señora tranquilamente (con un Vicente Flores metido en el armario), además de que todo su círculo la aceptó, más aún por rodearse del mundo artístico.

“Empezaba a ir a estrenos de teatro, funciones de cine, a cocteles y todo… siempre maravillosamente bien recibida”.

Hace cuatro años, desde la fecha de esta entrevista (agosto de 2019) que Samantha Flores salió del clóset para hacer la Casa de Día del Adulto Mayor LGBT+. De ser una señora se volvió una mujer trans.

“Pero, además, pasó una cosa que me ayudó mucho. Nunca quise ser la más bonita, como mis pobres compañeras, mis hermanas, que buscan las tetas más grandes, las nalgas más grandes, el vestido más exagerado y todo. Yo tomé de ejemplo a mi mamá; yo quería ser una señora como ella, que era una mujer muy bonita, pero ama de casa, madre de familia, ese era mi idea de mujer y así quise ser”. 

Nunca se imaginó rubia ni enrimelada. Se dejó crecer el cabello, cambió sus pantalones por vestidos y probó el uso de zapatillas, las cuales le resultaron incómodas.

“Caminar con zapatillas es horrible y el vestido es incómodo, así que volví de nuevo a mis botas y zapatos. Como yo pasaba como mujer cien por ciento, nunca tuve un problema, vivía muy feliz, además los chavos, mis parejas que siempre fueron hombres muy guapos, presumían de tener una amante señora, guapa, elegante y yo también los presumía; íbamos al teatro, a cenar, a la calle… No que ahora me dicen mis amigas que en el día las evitan y en la noche las buscan. Todavía ahora, en esta época, por favor”.

¿Y sus parejas fueron hombres de clóset o abiertamente gays?

“Tuve yo la ilusión, ilusa, de que había hombres (ríe) entonces se supone que mis parejas eran hombres, imagínate qué burra. Así es que eran hombres de clóset, por supuesto”.

¿Tenían familia, esposa? “No, a mi me gusta la gente joven, así que no tuve problemas en ese aspecto y con el hombre que viví más tiempo, que podía decir que fue mi marido, conocí a su papá, hermanos; el papá me amaba y mi papá y mi mamá lo amaban también”.

Al preguntarle si ha sido feliz, Samantha Flores no duda un ápice en lanzar un sí como respuesta, acompañada de una sonrisa de oreja a oreja.

“He sido muy feliz” ¿Cuál es el secreto para ser feliz? “Amo la vida, a la gente, a mis compañeros seres humanos y tuve unos padres maravillosos”.

Y agrega: “Cuando me preguntan quién es Samantha Flores, yo les digo: Cincuenta por ciento mi papá y mi mamá y el otro 50 por ciento mis amigos. Y mira mis amigos maravillosos, como Luis (se dirige a uno de los presentes durante esta entrevista, a Luis Mendoza, actual presidente del Centro Humanístico de Estudios Relacionados con la Orientación Sexual, Cheros A.C.).

Al tiempo de esta entrevista, la activista tenía 87 años, una edad en la que ha atravesado por alegrías y tristezas; ha perdido familiares, amigos, gente muy cercana.

“Muchos amigos he perdido. Pero mira, yo creo que soy la única persona que deseaba que mi papá y mi mamá se murieran: mi papá de cáncer en todo el cuerpo y mi mamá de diabetes; sin una pierna y ciega, ¿tú crees que quería yo que viviera?, yo quería que se fuera, que descansara, que no era justo que una mujer tan buena, una madre tan maravillosa, estuviera tirada en una cama; ahí dormía, vivía, cagaba, orinaba… todo. Horrible, sin ver y sin una pierna. Yo deseaba que se muriera. Mi papá lleno de cáncer en todo el cuerpo, un hombre tan bueno y verlo cómo comenzaba a sufrir, el doctor dijo: ni siquiera podemos operarlo, va a empezar a apestar y lo mismo puede durar tres meses, ocho meses que uno o dos años. Imagínate en esa situación, afortunadamente duró 16 días, bendito Dios que me permitió estar con él”.

Sus padres fallecieron a temprana edad, por lo que ella jamás imaginó que iba a llegar a la edad que tiene. A los 40 pensó que se iba a morir, tal vez a los 45, 48…

Respecto a sus amigos, lamenta que la mayoría haya fallecido del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), causante del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, Sida.

“Y tú sabes el proceso tan espantoso que es ver hombres guapos, sanos, fuertes, que llegan a quedar hasta en 22, 23 kilos de peso, sufriendo diarreas. Es horrible. Para ellos, para mi inclusive espero que la muerte sea un descanso”

Y reitera: “No le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo al dolor”.

Para sus amigos que murieron de VIH, lanza un “fue mejor que se murieran”. Y ante el imprudente comentario de “no aguantó nada”, ella contesta: “Bendito Dios, para qué querías que viviera así cinco años”.

Lamentablemente, no se escapó de ver amigos que vivieron más de cinco años, sufriendo el deterioro “y era horrible, espantoso”, describe.

“Yo perdí, si te digo que 350, 500 amigos, no te exagero en lo más mínimo”.

¿Tiene usted VIH? “No, y yo creo que, porque tuve pareja siempre, porque del condón nadie teníamos idea”. 

Como lectora asidua, comparte una experiencia.

“Yo como a los 18-20 años leí una novela que se llama Sinuhé, el egipcio y ahí mencionaba que el faraón usaba condón para evitar enfermedades de aquel tiempo. Era una referencia y ya después a los cuarentaytantos años fuimos a saber de una pandemia que no tenía nombre, no sabíamos qué era, nada más que era a la gente gay a la que nos daba…. por promiscuas (ríe). Todo mundo pensábamos que lo teníamos, lógicamente”.

Insiste en que ella nunca fue portadora del VIH, debido a que el 70 por ciento de su vida sexual fue con su pareja.

“Yo busqué más el romance que el sexo, el romance lindo, el del hombre guapo que se enamora. Ya sabes, las loqueras que tiene uno y que a mi me duró muchísimo”.

¿Usted le era sincera a sus conquistas, les decía ‘yo soy un hombre’, porque si usted pasó como mujer ante la sociedad, usted era franca con ellos? “Yo creo que no era necesario porque yo vivía en el mundo gay, no en el heterosexual, eso lo hice ya al final. Aquí en México a tres de mis parejas las conocí en un bar gay”.

En 1982, Samantha Flores radicó en España, entre Jerez de la Frontera y Madrid.

Cuenta que en Jerez de la Frontera logró atravesar los filtros de la sociedad como mujer.

“Yo me fui a España a perseguir a un galán y estando allá él estaba en Ámsterdam y le hablé por teléfono para decirle que ya estaba yo en Madrid, pero después me arrepentí. Para qué diablos le avisé, luego no me lo quitaba de encima, ya después me le negaba porque estaba fascinada en Madrid. En fin, cuando he tenido mis amantes, naturalmente sufres, te azotas, pero no son más que ridiculeces normales”. 

En relación a su documentación y cuestión legal, aclara que nunca tuvo problemas con ello.

Su pasaporte como Samantha Flores lo obtuvo desde hace cuatro años, gracias a la lucha de organizaciones nacionales e internacionales para lograr una mayor igualdad.

“Antes viajé con mi pasaporte y nunca tuve conflictos”, insiste. “Era increíble”. ¿Qué le decían? “Nada. Enseñaba yo mi pasaporte para que me dieran mi pase de abordar y me tomaban datos, me devolvían el documento y me decían ‘señora, entre por la puerta número tal… Sin ningún problema”.

¿Cómo se le hace para estar tan lúcida, tan fuerte, cuál es el secreto? “Me cuido. Cuido mi alimentación, como pescado, hago una hora diaria de ejercicio, desde hace 30 años, trato de no comer carne… en esa presentación (sostiene a manera de broma), no como grasas, mantequilla”. 

Para su activismo, Ciudad Juárez jugó un papel preponderante

Recientemente, Samantha Flores conoció a Luis Mendoza y la organización que preside, el Centro Humanístico de Estudios Relacionados con la Orientación Sexual (Cheros A.C.), que, con motivo de su aniversario #12, la trajo a Ciudad Juárez.

“Luis es una persona increíble porque está ayudando a las muchachas trans a arreglar sus papeles legalmente para que puedan luchar por sus derechos. Estoy muy feliz y les digo que corazón calientito por haber venido a Chihuahua”.

Menciona que era una “loca de disco” y que no se preocupaba más que por ver llegar los fines de semana para planear a dónde ir, qué vestido ponerse y a qué galán conseguirse, “en la pachanga y la fiesta”, cuando conoció a Morris Geimbert, un empresario muy importante de la Ciudad de México, que le apostó al teatro, recuerda que iba a montar “Los monólogos de la vagina”.

“Me propuso ayudar a las familias de mujeres asesinadas aquí en Ciudad Juárez porque se quedaban desamparadas; mataban a las chicas que trabajaban en las fábricas y la mamá o hijos quedaban desamparados”.

Fue cuando conoció a la activista Esther Chávez Cano (Q.E.P.D.), que dirigía “Casa Amiga”.

Samantha Flores ha pertenecido a la Asociación Civil Ser Humano (https://www.serhumano.org.mx), de niños con VIH, por lo que un grupo de personas, encabezadas por ella, hicieron colectas desde el estreno de “Los monólogos de la vagina”, cada fin de semana, durante sus 10 años en cartelera, para destinar cada peso a “Casa Amiga”.

“Así que, fíjate, yo estoy en esto del activismo, gracias a Ciudad Juárez”.

Para culminar la entrevista, se le pide un mensaje o consejo para la comunidad LGBT+ de nueva generación

“Que vivan su vida sin miedo, yo creo que mi mayor cualidad, por la que yo pude realizarme en tantos aspectos, fue que nunca tuve –ni he tenido– miedo y es la mejor manera de ser uno mismo como uno quiere, como uno es y, claro, muchas veces uno no será aceptado o aceptada, pero eso es bronca de la gente. Eso en mí no cambia nada; ni me vuelvo más chaparrita ni más alta, ni más gorda ni más flaca. Así es que ser uno mismo, sin miedo. Porque en mi caso, que era yo súper maricona qué podía yo hacer, nada”.

Su filosofía: amar la vida y a los semejantes, “que yo pienso que es la filosofía de Jesús. Ama a tus semejantes, como te amas a ti mismo, para no tener amargura”.

Pero también ha perseguido algo constantemente: la libertad.

“Por eso te digo… de pueblo mugroso, horrendo, porque no tenía yo libertad, ya en México aprendí a tenerla, en Estados Unidos, en España. En las etapas de vida que uno tiene… por ejemplo, yo tuve la oportunidad de estar con tres, cuatro hombres ricos, pero me di cuenta de que eso no era la felicidad”.

Al cuestionarle cómo le gustaría ser recordada, plantea: “Con amor, que mis amigos me recuerden con amor”.

Samantha Flores dice que le gustaría vivir sólo hasta los 96 años de edad.