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El estudiante que encontró voces en la Zona del Silencio

Tres días entre mediciones, caminos del desierto y comunidades que enfrentan dificultades para acceder al agua llevaron a Eduardo a descubrir otra dimensión de lo aprendido en las aulas: la posibilidad de usar la Geoinformática para comprender y atender problemas reales. La experiencia no solo cambió su forma de mirar el territorio, sino también de imaginar su futuro profesional.

CIUDAD JUÁREZ, CHIH., MX., NOVIEMBRE, 2026 (servisible.mx). – 

Abrieron la llave.

No salió agua.

Eduardo Ernesto Escárcega Escárcega Jr. y sus compañeros habían llegado hasta aquella casa con sus aparatos para hacer algo que, desde la mirada de un estudiante de Geoinformática, parecía completamente técnico: medir el caudal y conocer la presión del agua.

Los datos servirían para trabajar en la planeación de una red hidráulica que permitiera mejorar su distribución y hacerla llegar hasta distintos puntos de la comunidad.

Pero aquella mañana no había agua que medir.

Una mujer adulta mayor que observaba a los jóvenes se acercó.

—Oh, no hay agua, mijo.

Eduardo le preguntó si no se suponía que ese día les correspondía recibirla.

—Sí, pero el agua a veces no llega hasta aquí.

Después, la mujer quiso saber qué hacían aquellos muchachos rodeados de equipos frente a su casa.

Le explicaron el proyecto. Le hablaron de mediciones, de presión y de la posibilidad de generar una nueva red de agua potable que permitiera que el recurso llegara de mejor manera a los hogares.

Ella escuchó.

Y entonces pronunció una frase que Eduardo todavía recuerda:

—¿Qué hacen en este sitio que ni siquiera Dios se acuerda?

Del salón al desierto

Era otoño de 2024 cuando Eduardo, actualmente estudiante de noveno semestre de la Licenciatura en Geoinformática de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), tuvo la oportunidad de acompañar a investigadores universitarios en los trabajos que realizaban en comunidades de esta región.

La invitación, explica, formaba parte del interés de los profesores por involucrar a los estudiantes en proyectos reales para ampliar sus conocimientos, conocer nuevas técnicas y, sobre todo, comprender el entorno en el que pueden aplicar aquello que aprenden en las aulas.

En aquella experiencia participaron también el Ing. Carlos Iván Flores Chávez y el Lic. Yahir Enrique Vargas Flores.

Para realizar los trabajos tuvieron que internarse en una región remota y acampar durante tres días.

No había margen para olvidar un equipo o descubrir, una vez en campo, que faltaba alguna herramienta. En algunos puntos podían encontrarse a decenas de kilómetros del sitio más cercano para conseguir lo necesario.

“Era de que teníamos que sacar el trabajo rápido, sin darle cabida a equivocarse”, recuerda Eduardo.

Los investigadores realizaban recorridos recurrentes por las comunidades, en ocasiones hasta dos veces al mes. Los estudiantes participaron en dos salidas, pues fue necesario continuar con la toma de datos. Para Eduardo, la segunda resultó menos complicada: ya conocían el terreno y comprendían mejor aquello a lo que se enfrentaban.

La primera, en cambio, significó encontrarse con un mundo que hasta entonces conocía solamente desde el escritorio.

En La Soledad II, en la región limítrofe entre Chihuahua y Durango, Eduardo tuvo una responsabilidad concreta.

“Mi papel en este proyecto fue la realización de un ortomosaico, que es un mapa digital grande, con un dron, y tomar puntos georreferenciados con un GPS RTK para planificar la ruta de una red hidráulica”.

Realizaron diferentes vuelos y mediciones. Una parte del trabajo estaba relacionada con la planeación de infraestructura para llevar agua hasta bebederos destinados al ganado, una necesidad particularmente importante para las familias productoras de la zona.

De pronto, aquello que Eduardo había aprendido mediante ejercicios, imágenes y representaciones digitales tenía frente a él personas, animales, distancias y necesidades concretas.

“Estás viendo una familia que está sufriendo desde ese punto y te pones a pensar”.

La Geoinformática comenzaba a dejar de ser para él algo que ocurría solamente dentro de una computadora.

“Esta gente no está viviendo, está sobreviviendo”

El recorrido por las comunidades profundizó esa impresión.

En Granja Morelos, un ejido ubicado en el municipio de Tlahualilo, en el estado de Durango, observó las dificultades que enfrentaban sus habitantes para abastecerse de agua: esperar su llegada, depender de las condiciones del sistema y distribuirla por sectores cuando no era suficiente para todos.

“Ves el problema ahí, en persona, y piensas que esta gente no está viviendo, está sobreviviendo. Están viendo a ver quién les tiende la mano, quién es el que cambia las fichas”.

Hasta entonces, reconoce, nunca había dimensionado una realidad semejante.

“Cuando llevas una vida de estudiante no piensas en el entorno, no ves más allá de lo que tú haces o lo que creas. Pero cuando te invitan los doctores a hacer esto, te hacen ver cómo gira el mundo; que realmente no somos nomás nosotros, que como profesionistas tenemos un deber con la sociedad, que es mejorarla y trabajar para ella”.

Había escuchado hablar de pozos y de problemas relacionados con el agua. Otra cosa completamente distinta fue llegar hasta donde ocurrían.

“Son zonas remotas, muy alejadas de la sociedad”.

El campo también le enseñó algo que difícilmente cabe en un programa de computadora: resolver.

“Algo que aprendes siempre con ellos es solucionar problemas en el instante”.

A kilómetros de distancia de cualquier población, olvidar una herramienta o enfrentarse a un imprevisto podía modificar toda una jornada de trabajo. Ahí, dice, comprendió mejor una palabra que sus profesores les habían repetido durante la carrera: resiliencia.

“Una de las cosas que más nos han enseñado, en el transcurso de la carrera y cuando salimos a proyectos de campo, es la resiliencia: ser una persona resiliente, aguantar los golpes como vengan”.

Pero ninguna medición, contratiempo o dificultad logística lo preparó para aquella conversación frente a una llave sin agua.

El lugar que “ni siquiera Dios recuerda”

Eduardo había platicado con una pareja de adultos mayores mientras realizaban las mediciones necesarias para conocer las condiciones de la red.

Recuerda los aparatos conectados.

La llave abierta.

Y nada.

“Prendimos la llave y no salió agua”.

Después vino aquella conversación y la pregunta de la mujer:

“¿Qué hacen en este sitio que ni siquiera Dios se acuerda?”.

Para Eduardo fue difícil escucharla.

“Fue duro, porque te das cuenta de que, más allá de una institución, somos el cambio”.

Aquellos trabajos coincidieron además con el comienzo de una nueva etapa en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Recién había iniciado la administración del rector, Dr. Daniel Constandse Cortez, y con ella comenzaba a utilizarse una frase que identificaba a la institución: UACJ Inspira el Futuro.

En medio del desierto, después de escuchar a aquella mujer, Eduardo encontró un significado propio para esas palabras.

“Ahí fue donde sentí orgullo por la institución. Fue como levantar la bandera y pensar: bueno, aquí donde no llega ni Dios, llegamos nosotros”.

Después de aquella experiencia, Eduardo ya no volvió a mirar de la misma manera su carrera.

“Definitivamente cambió, porque la Geoinformática siempre la mirábamos en el salón como ejercicios que se quedaban en el escritorio”.

Las salidas a campo le permitieron descubrir qué había detrás de los análisis espaciales, los mapas y el diseño de redes que aparecían en la pantalla y detrás de cada punto georreferenciado podía haber algo que ningún mapa mostraba por sí solo: una familia esperando que llegara el agua.

“Pasas de la comodidad de estar sentado en el escritorio a la realidad. Va más allá de que esto va a ayudar a personas, a la sociedad”.

Tres días que cambiaron un futuro

La experiencia también modificó algo mucho más personal.

Como muchos estudiantes, Eduardo había imaginado durante años una ruta bastante sencilla para su futuro: terminar la licenciatura y comenzar a trabajar.

Después de la Zona del Silencio, esa idea cambió.

“Normalmente, cuando entras a una carrera dices: pues la termino y me pongo a chambear. Pero hacer este tipo de proyectos me hace querer trascender, querer llegar más lejos”.

Hoy quiere continuar estudiando.

Primero una maestría.

Después, un doctorado.

“Quiero llegar a ser investigador”.

Paradójicamente, antes de participar en el proyecto, Eduardo ni siquiera había escuchado hablar de la Zona del Silencio.

Cuando llegó, entendió el nombre a su manera.

“Me di cuenta por qué le decían la Zona del Silencio. Tiene sentido. No hay nada. Realmente es puro desierto, no hay señal, no hay contaminación, ni siquiera lumínica. Es un lugar completamente remoto”.

Pero en medio de ese aparente vacío descubrió justamente lo contrario: un territorio lleno de vida y de vestigios capaces de contar una historia de millones de años.

“Ves que los animales están existiendo, no interrumpidos por la vida humana, y te das cuenta de que el mundo es un entorno muy, muy diverso”.

Entre esos encuentros hubo uno que particularmente lo sorprendió: las tortugas. Eduardo relaciona su presencia con el remoto pasado geológico de la región, cuando esta parte del territorio estuvo vinculada al antiguo mar de Tetis.

“…Como que te invitan a ver el pasado. Ellas se adaptaron y ahora viven ahí. Luego ves venados, pumas, ves este tipo de diversidad y te quedas impresionado. Incluso hay hasta pinturas rupestres”.

Pero sus recuerdos de aquellos tres días no están hechos solamente de trabajo. También están las tiendas de campaña, las risas con sus compañeros, el calor, la frustración cuando algo no funcionaba y la satisfacción cuando finalmente salía.

Está la tierra fina que terminaba metiéndose prácticamente en todas partes.

Está la dificultad para mantener la higiene después de trabajar durante horas en medio del desierto.

Y está la comida.

“Pues hacíamos lo que saliera: quesadillas, hamburguesas… a veces hacíamos chuletas”.

Los sartenes prestados terminaban sobre la fogata y, alguna vez, prácticamente carbonizados.

Y por las mañanas había café.

Café sin azúcar.

“Se nos olvidó el azúcar y te tienes que tomar puro café negro”, cuenta entre risas.

Son detalles pequeños frente a la dimensión de los proyectos en los que participaron, pero son precisamente los que permanecen.

“Ves todo lo que pasa con tus compañeros, con tus amigos, con tus profesores, y al final todo se convierte en recuerdos que te llevas contigo. Ahora, cuando escucho hablar de la Zona del Silencio, no pienso solamente en el lugar o en el trabajo que hicimos; recuerdo cuando preparábamos la comida, las risas, la frustración cuando las cosas no salían como esperábamos, el calor, las pláticas profundas cuando no podíamos dormir… Porque al final no sólo te llevas lo que aprendiste o lo que hiciste en campo; también te llevas a las personas y los momentos que viviste con ellas”.

Eduardo llegó hasta aquellas comunidades para aprender a levantar información, volar un dron, georreferenciar puntos y ayudar a trazar sobre un mapa el camino que debía seguir el agua.

Pero hubo algo que no estaba contemplado en ningún ejercicio de Geoinformática.

Una llave se abrió.

El agua no salió.

Y una mujer le preguntó qué hacía la Universidad en un lugar del que, según ella, “ni siquiera Dios se acuerda”.

Dos años después, Eduardo sigue recordando aquella pregunta.

Quizá porque entre todas las mediciones que realizó durante esos días hubo una que ningún aparato pudo registrar: la distancia entre aprender una profesión y descubrir para quién ejercerla.