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“¿Es real?”: el día en que la guerra alcanzó a un estudiante iraní en Ciudad Juárez

Desde esta frontera, Erfan Abdolraoufi vive la guerra en Irán a través del silencio: sin llamadas, sin internet y sin saber si su familia está a salvo.

A unos pasos de la zona limítrofe con Estados Unidos, donde el tránsito de personas es cotidiano, Erfan Abdolraoufi habita otra frontera: la distancia con su familia en Irán, marcada por la guerra, la incertidumbre y la ruptura de la comunicación.

Llegó hace apenas dos meses a esta localidad para cursar un posgrado en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), sin imaginar que, en tan poco tiempo, una sacudida brutal —derivada de la guerra contra Irán— lo alcanzaría de lleno: perder contacto con su pequeña hija, su esposa y los suyos, tras el ataque registrado la madrugada del 28 de febrero de 2026, alrededor de las 02:17 horas, cuando las comunicaciones en su ciudad comenzaron a colapsar.

La noticia del ataque no le llegó por un medio oficial, sino de la forma más cotidiana para un joven de 29 años.

—¿Ya viste? ¿Sabes qué está pasando?

“Fue un momento muy estresante… realmente increíble”, recuerda.

“Mi familia me llamaba, mis amigos también… todos preguntando si sabía algo”.

Pero en medio de los apagones y los cortes de internet, los datos dejaron de ser certeza y se volvieron fragmentos: rumores, mensajes incompletos, noticias que llegaban tarde o que no llegaban.

Lo que vive Erfan no es un caso aislado, es el reflejo de algo más amplio: cuando un país entra en crisis, los derechos no solo se vulneran dentro de sus fronteras, también se fracturan a la distancia. La posibilidad de comunicarse libremente, de acceder a información o simplemente de saber si la familia está a salvo, deja de ser una garantía.

El día de esta entrevista se cumplían ya dos semanas sin que Erfan tuviera noticia alguna de su primogénita y de su esposa. Catorce días suspendidos en la incertidumbre, en los que el silencio dejó de ser ausencia para convertirse en una presencia constante, pesada. Desde entonces, la angustia no solo crece, se le instala y se filtra en lo cotidiano; en medio de una clase, lo obliga a mirar el celular una y otra vez y lo acompaña hasta la noche, cuando intenta dormir y el descanso se vuelve otra forma de espera.

Nos sentamos a platicar con él para conocer su historia, para romper los mitos que pesan sobre su país, para confrontar el desconocimiento de quienes nunca han visto esta realidad de cerca y para entender cuál es su forma de seguir adelante.

Ciudad Juárez, Chih., a Miércoles 18 de marzo de 2026

Erfan creció en Urmia, una ciudad ubicada al noroeste de Irán, circundada por montañas, donde la historia se remonta a miles de años y las estaciones traen lluvias intensas, nieve y veranos moderados.

“Urmia tiene alrededor de un millón de habitantes y una cultura muy fuerte, hay lugares con 5 mil o 6 mil años de antigüedad”, dice. Creció junto a un lago que, “desde hace una década se está secando”.

“Allá el verano es caluroso, aunque no tanto como en Ciudad Juárez”, compara.

Hoy, ese lugar que describe con cariño se ha vuelto profundamente frágil, casi al borde del colapso. La guerra lo ha atravesado todo: el caos se impone, la desesperanza se respira, la incertidumbre se vuelve rutina.

Cuando se le pregunta qué es lo que más extraña de su país, no duda en contestar.

“Mi hija, que tiene ocho años. Realmente la extraño mucho… a ella, a mi esposa, en general a mi familia”.

Sus ojos se humedecen, se le nota emocional, pues admite que su familia es lo más importante; no solo desde lo personal, sino desde una raíz profunda.

En Irán, la familia ocupa un lugar central tanto en la cultura como en la tradición islámica, donde se considera el núcleo de la sociedad y un vínculo que debe protegerse y honrarse por encima de todo.

¿Cómo llegaste a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez?

“Un amigo me conectó con el Dr. Jorge Luis García”, responde. Hoy es su asesor en el Instituto de Ingeniería y Tecnología de la UACJ, donde actualmente estudia el Doctorado en Ciencias de la Ingeniería Avanzada, con especialidad en termodinámica y energías renovables.

Su llegada a México fue un contraste visual, recuerda.

“Mi primera impresión fue cuando vi la Ciudad de México desde la ventana del avión; una ciudad muy grande, con trenes, edificios altos… muy diferente”.

Después vino el norte: “(aterrizando) empecé a ver más desierto y menos edificios”.

Pero México ya habitaba en su imaginario desde mucho antes.

“Vi una película que se llama Apocalypto. No sé si la has visto. Desde entonces me empezó a gustar este país. Además, las pirámides de Yucatán me parecen fascinantes”.

También le llaman la atención las aguas termales de aquel estado y su desarrollo energético.

Pero nunca pensó que su vida lo llevaría a Juárez, una ciudad cuya percepción global suele estar marcada por la violencia. Él lo sabe, pero no le inquieta.

“No tengo ninguna relación con ese tipo de cosas, para mí no es una ciudad mala”.

Habla desde su condición de estudiante, desde lo que ha visto y vivido en poco tiempo durante el trayecto del cuarto que renta en un fraccionamiento de la Valle del Sol, hasta la avenida del Charro, donde se encuentra el campus.

Al preguntarle si ha sentido miedo al estar aquí, recuerda uno de sus primeros días, cuando salió rumbo a la universidad, a bordo del Juárez Bus —como un medio de transporte económico—, tratando de memorizar calles, rostros y rutinas. Al bajar, vio a un hombre, frenético. “Parecía fuera de sí… o tal vez bajo el efecto de alguna droga”. En la mano llevaba un objeto metálico, grande. El momento se volvió tenso. “Pensé que me iba a atacar”.

Pero no pasó nada y siguió su rumbo.

También recuerda una salida con sus compañeros a un bar de la Zona Centro, cerca de la catedral. No sabe el nombre, pero sí la sensación que se quedó con él.

“Fue interesante… pero vi cosas peligrosas. Habían personas vendiendo drogas y la situación se sentía insegura, fue una situación peligrosa. Para mí no era algo normal, fue muy extraño”.

Todo ocurrió temprano, “entre las 8:00 y 9:00 de la noche”.

Luego, la escena cambió.

“Después de unos 20 o 30 minutos llegaron fuerzas militares y todo se volvió muy tenso, me quise ir a la casa, casi corriendo”, dice en tono de broma.

¿Por qué aceptaste ir a la Zona Centro de Ciudad Juárez?

“Porque es donde puedes ver la cultura real del lugar que visitas, a su gente”.

Pero aun con todo —lo que le han contado, lo que ha visto, lo que ha leído y lo que ha vivido—, considera que esta frontera no tiene la exclusividad de la violencia.

Guadalajara aparece en su mente como un destino atractivo. Sabe que es una ciudad “muy bonita”, aunque también ha escuchado que actualmente enfrenta serios problemas de crimen, más que esta localidad.

Por ahora, su experiencia en México se limita a esta frontera. Pero hay una intención clara de seguir descubriendo el país: Guadalajara, Yucatán, Quintana Roo.

Sin embargo, el verdadero impacto de conocer esta nación no fue la violencia o lo geográfico, fue lo social.

“Irán es una república islámica y no hay mucha libertad. Cuando llegué aquí me sorprendió ver un mundo más libre. Las personas, las mujeres, los hombres… ya cuando empecé a tratar a la gente, supe que puedes tener tus propias ideas, tu propia religión, eso me pareció muy bueno”.

Y hay detalles que todavía lo sorprenden. Parte de esta entrevista transcurrió en las áreas de descanso del Instituto de Ingeniería y Tecnología de la UACJ, un espacio cotidiano, casi invisible para quienes lo habitan a diario. Pero para él, no. Algo, entre lo simple y lo revelador llamó su atención: estudiantes en camiseta, con naturalidad, como si el cuerpo no fuera un territorio vigilado.

Se detiene en esa imagen y la contrasta con lo que dejó atrás.

“Eso en mi país es impensable”.

—¿Incluso los hombres?

—“Sí”.

En Irán, las mujeres visten el chador y los hombres el thobe, jibba o galabia (tipo túnicas), ambos cubren la mayor parte del cuerpo.

Pero más allá de una prenda específica, explica Erfan, lo que predomina es una lógica cultural donde la vestimenta está atravesada por normas sociales y morales que apelan al recato, al control del cuerpo y a una identidad colectiva.

“Es parte de la influencia religiosa, podrías enfrentar castigos muy severos”, sostiene.

¿Practicas el islam?

“Lo dejé desde hace tiempo, porque no me gusta seguir una idea fija para la vida”.

Y en su entorno cercano, no es el único.

“Mi familia también tiene un pensamiento libre”, se limita a contestar.

“Después de lo que ha pasado en los últimos años en Irán, muchas personas están empezando a pensar de manera más libre, ya no quieren la religión de la misma manera”.

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Lo que afirma Erfan tiene sustento: en los últimos años, diversos estudios y encuestas muestran un cambio social en Irán, especialmente entre los jóvenes, donde crece el cuestionamiento hacia la imposición religiosa del Estado.

Datos indican que entre el 70% y 73% de la población apoya la separación entre religión y gobierno, mientras que hasta el 85% percibe que la sociedad es hoy menos religiosa que hace cinco años. Más que un abandono total de la fe, se trata de un rechazo a la forma en que el régimen ha institucionalizado la religión en la vida cotidiana.

Fuente: Iran International, El País, Freethinker.

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“Hoy allá dicen que lo más importante es la bondad… que es lo mejor”, dice Erfan.

¿Cómo es tu vida cotidiana en Ciudad Juárez?

“Los días más típicos son los fines de semana”, responde. “Me despierto, cocino —que es la parte más difícil de mi vida—” (ríe). También intenta relajarse. “Aprovecho para bañarme con agua caliente… y a veces algún amigo me llama para salir”.

Y continúa con lo social.

“Aquí hay personas que son muy amables, como mi asesor, que ha sido muy atento conmigo… y también otro profesor, Juan Luis. Me invitó a cenar; comimos carne y tomamos cerveza”.

Se ríe al hablar de eso.

—¿Te gusta la cerveza?

—“Sí, mucho”.

Hace una pausa, cómplice.

“La Indio (cerveza oscura) … pero no le digas a mi asesor” (ríe).

En medio de ese proceso de adaptación, hay elementos inesperados que lo conectan con su país.

“Sí, varias cosas… por ejemplo, la imagen de Zapata. Sí, el revolucionario”.

Aunque el vínculo de Zapata con Ciudad Juárez es más simbólico que directo, en Erfan provoca otra cosa.

“Porque cuando era niño mi mamá me hablaba de Zapata. Desde entonces quise saber quién era, qué había hecho. He visto documentales, películas…”.

Y busca una comparación para explicarlo mejor.

“Es algo similar a lo que pasa en mi cultura con Kaveh Ahangar. Si mencionas ese nombre en Irán, desde un niño de dos años hasta una persona mayor lo conocen, es parte de nuestra identidad cultural”.

En medio de esa distancia, surgen pequeños gestos que lo conectan con su hogar y que encuentra en lo cotidiano.

“Los omelet con huevo”, dice entre risas.

El picante no le es ajeno, le gusta y, aunque lleva apenas dos meses en Ciudad Juárez, reconoce que aún no termina de descubrir la cocina mexicana.

“Sé que tienen muchísimos platillos, una gran variedad. También me gustan los burritos… los tamales, especialmente los de carne”.

Pero ahí aparece otra limitante.

“Siempre y cuando no sea de cerdo”, aclara. “Es un gran problema por el régimen islámico”.

“En Irán tenemos el Fesenjan, que es uno de los mejores platillos del mundo”, dice con orgullo. “Incluso en América y Europa conocen la comida iraní. ¿Conoces a John Cena? (exluchador profesional de la WWE, actor y rapero estadunidense), a él le gusta mucho este platillo porque su esposa es iraní” (ríe).

¿Qué significa vivir en una ciudad fronteriza, tan cerca de Estados Unidos?

“Creo que es muy bueno…”, contesta. “Tal vez en el futuro me gustaría ir a Estados Unidos. No sé… para estudiar o tal vez vivir o viajar…”.

Hace una pausa y entonces aparece el verdadero motivo.

“También porque quiero traer a mi familia aquí”.

Estados Unidos surge en su discurso como algo distante, pero luminoso; un lugar asociado con desarrollo, con oportunidades, con futuro.

“Me gustaría conocer lugares como Seattle o Las Vegas”.

El contraste, sin embargo, es inevitable cuando se le plantea que ese mismo país es visto como enemigo desde Irán. Su voz cambia, se vuelve más lenta.

“No quiero entrar en política… pero en este momento no sé si sería un riesgo o no”.

Ya no habla desde la ilusión, sino desde la tensión que implica desear algo que, en su contexto, puede ser contradictorio.

“Sabes… hay conflictos, han matado a personas de nuestro país. Pero, aun así, muchos iraníes tienen interés en Estados Unidos. No sé exactamente por qué… pero creo que hay una percepción de que también pueden ayudar”.

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Para Erfan, la contradicción no es extraña. Mientras su país atraviesa tensiones políticas y sociales, muchos iraníes ven en Estados Unidos no una postura ideológica, sino una posibilidad de vida. La búsqueda de libertades, oportunidades y estabilidad ha llevado, especialmente a jóvenes, a desear emigrar o experimentar otra realidad.

Fuente: Middle East Institute.

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¿Se vive feliz en Irán?

“Si, se vive muy feliz, sobre todo por la familia… allá tienes a toda tu gente cerca. Cuando necesitas ayuda, dinero, ir al hospital, lo que sea… la gente te apoya. Los iraníes son personas muy amables, de verdad. Deberías ir algún día… después de que pase todo esto”.

La solidaridad, dice, también la ha encontrado aquí.

“En eso nos parecemos mucho los iraníes y los mexicanos. Por ejemplo, aquí en la universidad mis compañeros me dicen: ‘si necesitas ayuda, si necesitas dinero o cualquier cosa, dinos y te ayudamos’. Allá ocurriría lo mismo contigo si tuvieras algún problema”.

Volviendo a la UACJ, ¿por qué te especializas en termodinámica y energías renovables?

“Como sabes, los combustibles fósiles como el petróleo y el gas se van a terminar. Y creo que las energías renovables tienen un buen futuro… me gustaría producir y escribir artículos sobre esos temas”.

En la UACJ, Erfan es reconocido como un matemático sobresaliente. Es la razón por la que estará estudiando aquí durante los próximos cuatro años, acierta su asesor, el Dr. Jorge García Alcaraz.

“Las matemáticas me gustan mucho… desde niño”, aclara. “Siempre fui muy bueno en eso”.

Pero su relación con ellas va más allá de lo académico.

“Las matemáticas hacen que tu mente trabaje, que juegues con tu cerebro. Te ayudan a encontrar las mejores soluciones y a tomar mejores decisiones en la vida”.

Busca un ejemplo.

“En matemáticas tienes una ecuación… y cada ecuación debe estar en equilibrio. En la vida también debes buscar ese equilibrio. No puedes, por ejemplo, beber alcohol todo el tiempo y descuidar a tu familia… tienes que equilibrar cada parte de tu vida”.

Cuando se le plantea si esa lógica le ayuda a enfrentar momentos difíciles, contesta que no necesariamente desde ese lado.

“Pero puedo verlo así: estoy aquí estudiando matemáticas, termodinámica, electricidad, electrónica y energías renovables para construir un mejor futuro para mi familia”.

Y cuando la conversación regresa a lo personal, a la soledad, su respuesta es sencilla, casi silenciosa.

“No sé… trabajo en mis estudios, escribo artículos, hago matemáticas, simulaciones para mis proyectos. Y a veces salgo a caminar”.

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La mañana del 28 de febrero marcó un punto de quiebre en Irán. Una ofensiva coordinada de Estados Unidos e Israel atacó infraestructura militar y ciudades como Teherán, Isfahán y Minab, generando confusión, explosiones y noticias fragmentadas. La respuesta iraní fue inmediata, con misiles y drones dirigidos a objetivos estadounidenses, lo que escaló el conflicto en cuestión de horas. A la par, las comunicaciones comenzaron a fallar y la incertidumbre empezó a permear en la vida cotidiana.

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La noticia le llegó a Erfan no por canales oficiales ni por una alerta, sino de la forma más cotidiana para un joven de su edad.

El reloj en Ciudad Juárez marcaba las 20:30 horas cuando Erfan tomó su celular, abrió Instagram y se encontró con la noticia: un ataque en Irán. Aunque del otro lado del mundo apenas amanecía, el tiempo se volvió irrelevante en cuestión de segundos.

“La vi en una historia de Instagram. Fue muy impactante… muy estresante”, recuerda. “Imagínate… después de 35 años (su último conflicto directo de ese tipo fue la Guerra Irán-Irak). Era muy difícil de creer”.

Las llamadas comenzaron casi de inmediato.

“Una tras otra… mi familia, mis amigos. Todos preguntando si sabía lo que estaba pasando”.

Pero no había respuestas, solo desconcierto.

“Era algo realmente increíble”.

En medio de ese desconcierto, su pensamiento se concentró en lo esencial.

“Solo pensaba en mi hija, en mi esposa, en mi familia, solo en eso”.

Aun así, intenta entender el conflicto desde otra perspectiva.

“Creo que Estados Unidos e Israel no quieren dañar a la gente común… sus conflictos son con los gobiernos, no con el pueblo. Al final, los problemas son políticos y nosotros solo somos personas que queremos vivir y vivir en paz”.

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Para el 18 de marzo, día de esta entrevista, las cifras sobre víctimas en Irán ya reflejaban la dificultad de medir el impacto real del conflicto. Mientras el gobierno iraní reportaba más de mil 200 personas fallecidas, organizaciones independientes ofrecían estimaciones más altas. La ONG Human Rights Activists News Agency documentaba para esas fechas más de 3 mil muertes en el país, incluyendo civiles y personal militar, en un contexto marcado por apagones informativos y acceso limitado a zonas afectadas.

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Aun así, la visión de Erfan Abdolraoufi no es de odio.

“Los israelíes no son malos”, dice. Y recurre a la historia: “Hace unos 2 mil 600 años, durante el reinado de Ciro el Grande, él les dio tierras y libertad para practicar su religión. Ellos son parte de nuestra historia”.

Y va más allá.

“Los admiro… construyeron un país desde la tierra, hicieron florecer el desierto. Han contribuido en matemáticas, química, tecnología. Son un ejemplo”.

El presente, sin embargo, rompe esa narrativa.

“Sí… ahora están atacando a mi país”, reconoce. Pero incluso ahí busca una explicación: “Están respondiendo a ataques de grupos que han matado a nuestra gente, no sé por qué siguen ocurriendo estas cosas”.

—Cuando asimilaste lo que viste en aquella historia de Instagram, ¿en quién pensaste primero?

La respuesta no tarda.

“En mi hija… y en mi esposa”.

Luego, hace una breve pausa.

“De hecho, era el cumpleaños de mi hija”.

Después, el resto.

“Mi mamá, mi papá, mis hermanos”.

La comunicación fue mínima.

“Durante unas dos semanas casi no tuvimos contacto… solo dos o tres mensajes. No puedo ni explicarlo… no puedo ni dormir, comer, en ocasiones me cuesta trabajo respirar. Ha sido un momento muy oscuro para mí”.

Y, aun así, la vida sigue.

“Tengo que seguir trabajando en mi artículo… necesito concentrarme, pero a veces no puedo, hay demasiada presión por todos lados”.

La guerra, dice, no es un punto fijo en el mapa.

“No es un solo lugar. Israel ataca diferentes zonas donde cree que hay posiciones del gobierno o militares”.

Y, aunque, según su propio conocimiento, no son ataques directos contra civiles, la preocupación permanece.

“Claro que estoy preocupado… ya sabes, es una guerra, una pelea”.

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Los primeros bombardeos del 28 de febrero se concentraron en zonas estratégicas del centro y sur de Irán —principalmente Teherán, Isfahán y la ciudad sureña de Minab—, pero con el paso de los días la guerra no se detuvo ahí: los ataques han continuado hasta hoy, alcanzando infraestructura clave, instalaciones estratégicas y distintos puntos del país, en una ofensiva que ha impactado a más de 20 provincias.  Urmia, la ciudad donde creció Erfan, en el noroeste, no ha sido el epicentro de los bombardeos, pero la distancia no ha significado respiro: está a unos 700 kilómetros de Teherán, cerca de 850 de Qom y a más de mil de Isfahán; incluso provincias relativamente más cercanas, como Azerbaiyán Oriental o Kurdistán, han vivido la tensión del conflicto.

Fuentes: Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la (ONU, OCHA), reportes humanitarios internacionales sobre afectaciones en provincias de Irán 2026.

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“Si hubiera sabido que iba a haber una guerra, tal vez ni siquiera estaría aquí ahora”, admite Erfan. “Pero, por un lado, no puedo irme… y, por el otro, no puedo simplemente estar tranquilo”.

En medio de esa tensión, busca alguna forma de sostenerse. No hay muchas opciones, ni soluciones claras, solo intentos por mantener la calma en un escenario que no controla.

“Entonces medito, no tengo otra forma”.

En el último intercambio de palabras que logró tener con su familia le advirtieron que probablemente cortarían la comunicación… “que tal vez ya no podríamos hablar”.

“No te preocupes por nosotros, estaremos bien. Eso fue todo… esas fueron las últimas palabras”.

Aun así, la vida académica no se detiene. Entre clases, avances y entregas, Erfan intenta sostener una rutina que le exige concentración en medio del desgaste emocional.

“Solo trato de concentrarme”, insiste.

Además, no está completamente solo en ese proceso: sus maestros saben por lo que está atravesando y han estado en contacto con él.

“Sí… han hablado conmigo”.

Pero más allá del acompañamiento, hay una regla que lo sostiene.

“Es mi deber. Recibo apoyo del gobierno de México, así que tengo que trabajar. Así lo veo, si alguien te paga tienes que hacer tu trabajo”.

Aunque sabe que puede detenerse si lo necesita, no parece dispuesto a hacerlo.

“Me dicen: ‘si necesitas algo, si necesitas tiempo, puedes tomarlo’”.

La posibilidad de buscar ayuda psicológica aparece como una opción, pero él la descarta desde su propia forma de entender la situación.

“No… creo que no lo necesito. No soy un niño, siento que debo aceptar la situación. Sé lo que está pasando… no creo que sea necesario para mí”.

—De pronto pareces emocional, ¿has llorado solo, en casa?

“No”, responde. “Ni una sola vez”.

Y aunque reconoce que es una persona algo emocional, marca una diferencia.

“Sí… pero eso no es lo mismo que llorar”.

La pregunta sobre su derecho al apoyo anímico vuelve a abrir un vacío.

“No lo sé”.

No hay una figura clara. No hay alguien que cumpla ese papel de forma constante, expone.

“He estado solo antes”, explica. Recuerda su paso por Irak o Turquía, donde también vivió sin compañía, aunque por poco tiempo. Aquí la experiencia es distinta.

“Aquí he hecho algunos amigos… pero no como apoyo emocional. Realmente no tengo a alguien”.

En ese contexto, ya no habla solo de sí mismo, sino de lo que quisiera que otros entendieran.

“Mi país no es lo mismo que nuestro gobierno”, insiste. “Es muy diferente. Nuestra gente es buena, es fuerte. Si miras en todo el mundo —Estados Unidos, Canadá, Europa, Japón, China— vas a encontrar iraníes emprendedores, exitosos. Nosotros no somos lo mismo que nuestro gobierno”.

***

En Irán existen grupos considerados radicales que, en muchos casos, forman parte del propio aparato del Estado o de su influencia regional. Entre ellos destacan el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la milicia Basij, señalados por la represión de protestas internas y el control social, así como por su participación en conflictos fuera del país. También ha existido oposición radical como los Muyahidines del Pueblo de Irán, responsables de acciones violentas en el pasado. A nivel regional, Irán respalda a grupos como Hezbolá y los Hutíes, lo que ha contribuido a guerras y tensiones en Medio Oriente, generando un impacto que va desde la represión interna hasta conflictos internacionales.

Fuente: cfr.org

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Cuando se le plantea la posibilidad de traer a su familia a México, Erfan no duda.

“Claro, sí quiero traerlos”.

La distancia, sin embargo, no se mide solo en kilómetros, sino en lo que no se puede decir a tiempo.

Si pudieras ver a tu hija y esposa en estos momentos, ¿qué les dirías?

“Creo que solo les diría: ‘Las amo, las extrañé mucho’… y las abrazaría”.

En medio de la incertidumbre, el futuro aparece como una forma de sostenerse, una idea a la cual aferrarse cuando el presente se fragmenta.

“Tal vez cuando termine el conflicto”, dice sobre su regreso a Irán. “Quizá en seis o siete meses regrese… a un Irán libre”.

Pero la guerra, para muchos, se explica en términos de petróleo, poder o estrategia. Erfan no la entiende así. Habla de intereses, de alianzas, de decisiones que no alcanza a descifrar del todo.

Y entonces, regresa a su lenguaje más íntimo: las matemáticas.

“Si estuviera estudiando otra cosa, quizá no podría aceptar la situación de la misma forma. Pero ahora… tal vez he aprendido a procesar lo que pasa a través de mis estudios, o por la forma en que pienso gracias a ellos”.

Se le propone imaginar su vida como una ecuación.

Piensa. Se detiene como si midiera cada variable, cada posibilidad.

“Una ecuación…”, repite.

Y responde:

“Tienes que mantener ambos lados equilibrados. Cada parte de la balanza debe estar al mismo nivel. Eso es la vida”.

Pero hay ecuaciones que no admiten solución.

No en el papel.

No en la lógica.

No en el tiempo.

Porque mientras en el aula Erfan despeja incógnitas, resuelve problemas y avanza, del otro lado del mundo su vida permanece suspendida, detenida en un punto que no depende de él.

Y es ahí, en ese margen donde la razón no alcanza, donde aparece lo irreductible: la espera.

Porque la guerra no solo destruye ciudades: también fractura lo esencial y rompe lo más simple, lo más humano, la posibilidad de llamar a casa.

Esta entrevista se realizó en su totalidad en inglés. La traducción al español fue cuidadosamente ajustada para su publicación y revisada junto con Erfan, quien leyó el contenido final para asegurar que sus palabras y sentido no fueran alterados.